​¿Quiere Dios evitar el mal y no puede? Entonces su poder tiene un límite. ¿Puede y no quiere? Entonces su bondad es cuestionable. Este antiguo dilema de Epicuro, recordado por David Hume, desarma siglos de discursos con una simple y fría lógica.

​El estoicismo no busca respuestas fáciles en el cielo; nos devuelve la mirada a la única tierra que pisamos y al único poder real que poseemos: nuestras propias acciones. El sufrimiento y el caos existen, y debatir sobre la intención cósmica no cambiará el curso de la tormenta. Lo único que determina tu valor es cómo te mantienes firme cuando la marea sube y la lógica del mundo parece derrumbarse. La virtud no pide explicaciones al universo; simplemente se encarga de hacer lo correcto en medio del desconcierto.

​¿Crees que intentar entender el origen del mal nos ayuda a vivir mejor o es solo una trampa mental para justificar la inacción?

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